Written by 11:56 Artículos de opinión, Destacadas Vistas:10

China, oportunidad histórica y riesgo de dependencia

China, oportunidad histórica y riesgo de dependencia

El ascenso de China representa para Argentina y América Latina una oportunidad histórica, pero también el riesgo de reproducir una dependencia estructural. El artículo muestra la creciente centralidad económica china en la región (comercio, inversiones, financiamiento sin condicionalidad política) frente al vínculo tradicional con Washington. Sin embargo, el caso argentino evidencia un patrón preocupante: pese al récord exportador reciente, el 88% de las ventas a China es primario, y el país acumula un déficit comercial estructural de unos US$100.000 millones desde 2008, sostenido más allá de los gobiernos de turno. La tesis central es que el problema no es China sino la posición estructural argentina como proveedor de materias primas. Aprovechar la oportunidad exige decisiones propias: una política industrial que condicione la inversión extranjera a transferencia tecnológica, coordinación entre Nación y provincias frente a la explotación de recursos, y negociación regional conjunta vía Mercosur, en lugar de competencia fragmentada entre países y provincias.

peón

Introducción

La relación entre Argentina y China no es un fenómeno reciente. Desde el establecimiento de relaciones diplomáticas en 1972, el vínculo bilateral atravesó distintas etapas, desde un intercambio comercial marginal hasta la actual centralidad de China como socio comercial. En este recorrido se destacan varios hitos: el establecimiento de una asociación estratégica en 2004 y su ampliación a una asociación estratégica integral en 2014; la firma y sucesivas renovaciones del swap de monedas desde 2009; y la adhesión formal a la Iniciativa de la Franja y la Ruta en 2022, posteriormente revertida. En la actualidad, como consecuencia del alineamiento incondicional del gobierno de Milei con Washington, la relación bilateral atraviesa una etapa de enfriamiento.

La trayectoria de ese vínculo puede analizarse desde múltiples aristas. En este artículo nos interesa profundizar en la dimensión económica y comercial de la relación, particularmente en sus implicancias para el desarrollo argentino y latinoamericano. El interrogante central es qué posición asumir frente a una potencia emergente que ha adquirido un protagonismo creciente tanto en la región como en nuestro país. La tesis que buscamos desarrollar es que asumir acríticamente una posición prochina resulta análogo a adoptar, frente a anteriores transiciones hegemónicas, una postura proinglesa ante el declive español en el contexto de 1810, o proestadounidense frente al retroceso británico desde la década de 1930.

La posición nacional, en cambio, debe partir de una premisa: no ser patio trasero de una potencia en declive ni furgón de cola de una potencia en ascenso. No se trata solo de un precepto ideológico, sino de un aprendizaje histórico. Salvo situaciones excepcionales (como la de aquellos países cuyas condiciones particulares les han permitido transitar procesos de desarrollo por invitación), ninguna de esas vías ofrece una salida para la Argentina. Como señala el CENAC (2026) en La estrategia del movimiento nacional frente al contexto mundial, el objetivo debe ser construirnos como polo emergente, sin quedar obligados a optar entre uno u otro lado de una antinomia impuesta desde afuera.

A lo largo de tres secciones se busca justificar esa posición. En primer lugar, se presentan datos que muestran la nueva centralidad de China en la región, incluyendo lo que ese vínculo ofrece frente a la relación tradicional con Washington. En segundo lugar, se analiza el riesgo de reprimarización derivado del vínculo comercial, con foco en el caso argentino, sus particularidades y cifras específicas. Y, finalmente, se examinan las condiciones propias que determinan si esta relación puede constituir una vía de salida de la dependencia o, por el contrario, una nueva versión de ella: una política industrial activa, la articulación entre nación y provincias, y la coordinación regional.

La gravitación de China en América Latina

El punto de partida no es una hipótesis, sino un dato. En 2025 el comercio entre China y América Latina y el Caribe alcanzó los 3,93 billones de yuanes, equivalentes a unos US$ 565.280 millones, con un crecimiento interanual del 6,5%. Es el segundo año consecutivo en que supera los US$ 500.000 millones y crece por encima del promedio del comercio exterior chino en su conjunto. China es hoy el primer o segundo socio comercial de la mayoría de las economías sudamericanas.

A esto se suma la inversión extranjera directa (IED). Aunque en 2025 la IED china hacia la región cayó un 12% interanual, hasta unos US$ 8.600 millones, el patrón de mediano plazo resulta más significativo que el dato de un solo año. Entre 2020 y 2025, China representó, en promedio, el 6,7% de toda la inversión extranjera recibida por la región, con picos cercanos al 12% en 2019. Brasil (30%), Argentina (17,4%) y México (17,4%) concentran la mayor parte. También se observa un cambio en la composición sectorial. Mientras que entre 2005 y 2009 el 95% de esa inversión se destinaba a materias primas, entre 2020 y 2025 esa proporción descendió al 46%, acompañada por un fuerte crecimiento de las inversiones en autopartes, manufacturas y servicios. La relación parece, así, diversificarse y reconfigurarse hacia segmentos de mayor valor agregado.

En mayo de 2025, durante el IV Foro Ministerial China-CELAC, celebrado en Beijing, Xi Jinping anunció una línea de crédito de US$ 8.500 millones y cinco “programas estratégicos” para la región, que abarcan infraestructura y minería, intercambio cultural, cooperación en seguridad, becas e intercambios educativos, y un explícito objetivo político de construir un bloque “más cohesionado y autónomo frente a Occidente”. En este marco, China ya ha financiado más de 200 proyectos de la Iniciativa de la Franja y la Ruta en la región.

Como puede observarse, la presencia china adquiere los rasgos multidimensionales propios de una gran potencia. Ya no se trata de un vínculo meramente comercial, sino que su presencia se extiende hacia ámbitos como la infraestructura, la educación, la seguridad, la cultura y la diplomacia, configurando una relación de alcance crecientemente integral. Asimismo, en el ámbito de la cooperación científica y tecnológica, si bien sigue muy por detrás de la relación con las potencias occidentales, no deja de ser significativa en sectores como el nuclear y el espacial.

Dentro de ese vasto entramado de relaciones, emerge un patrón claro, destacado por distintos actores regionales e incluso subnacionales. Ese patrón se distingue del vínculo tradicional con Estados Unidos y los organismos multilaterales, que dominó el siglo XX y buena parte de este, en dos aspectos concretos.

Por un lado, el financiamiento chino (swaps, créditos de bancos estatales, inversión de las mineras y petroleras estatales) no viene, en general, atado a condicionalidad política ni a reformas de ajuste fiscal al estilo FMI. El principio declarado de “no injerencia” de la política exterior china es funcional, además, a los gobiernos de la región, ya que permite financiarse sin someterse a la supervisión trimestral de un board en Washington. Para un país con el historial de reestructuraciones de deuda y programas del FMI que tiene la Argentina, esa diferencia no es menor.

Por otro lado, China ofrece mercado para lo que América Latina produce (productos agropecuarios y minerales, entre otros) y tecnología que la región no tiene, como vehículos eléctricos, baterías, energía solar, 5G e inteligencia artificial. Es, en principio, un socio con el que hay margen para negociar transferencia tecnológica, algo que Estados Unidos, dada su posición dominante en la frontera tecnológica y sus reglas cada vez más restrictivas de exportación (los controles a semiconductores, por ejemplo), no está dispuesto a ceder con la misma facilidad.

Por último, si bien no es un “ofrecimiento” chino en sentido estricto, la mera existencia de la potencia oriental configura una realidad global con dos polos financieros y tecnológicos en competencia, lo que da a una región periférica más opciones que un mundo con uno solo. En otras palabras, la existencia de China como alternativa es, en sí misma, un activo de negociación frente a Washington. Esto se verifica incluso como fuente de inversiones alternativa, ya que la capacidad inversora china en el mundo representa hoy entre un tercio y la mitad de la estadounidense (si bien en América Latina la IED norteamericana sigue siendo ampliamente superior a la del gigante asiático).

El riesgo de reproducir esquemas de dependencia

A estos datos sobre la creciente presencia económica de China y las posibilidades que abre en distintos ámbitos, es preciso contraponer un análisis de la composición del intercambio. Si analizamos el caso argentino, se observa que el patrón de comercio reproduce, con una potencia distinta, la misma lógica centro-periferia que el estructuralismo económico y la teoría de la dependencia describieron para la relación con las potencias industriales del siglo XX. Nuestro país exporta materias primas y manufacturas de baja tecnología (soja, cobre, carne, mineral de hierro, litio en bruto), mientras que China exporta manufacturas de alta y media tecnología, cada vez más sofisticadas (autos eléctricos, electrónica, maquinaria). Con las adecuaciones propias de cada caso, una realidad semejante se presenta en la inmensa mayoría de los países latinoamericanos.

Entre 2008 y 2025, Argentina acumuló un déficit comercial cercano a los US$ 100.000 millones con China. Ese desequilibrio, que comenzó a manifestarse en 2008, se volvió estructural, y se sostuvo pese al récord histórico de exportaciones argentinas hacia ese mercado. Lo notable es que la tendencia se mantuvo a lo largo de cinco presidencias con marcados vaivenes político-ideológicos. Esto da la pauta de que no se trata de un problema de qué gobierno gestiona el vínculo, sino de un patrón estructural.

Los números del último año son elocuentes al respecto. En plena era de alineamiento incondicional con Washington, las exportaciones argentinas a China alcanzaron un récord histórico de US$ 9.700 millones, un 11% del total exportado a nivel nacional. De ese total, el 88% correspondió al sector primario, con la soja, la carne bovina, los cueros y el litio a la cabeza. Es decir, el “boom” exportador con China es, en los hechos, una intensificación del perfil primario-exportador, no una diversificación hacia manufacturas o segmentos intensivos en conocimiento. Las inversiones chinas en el país, canalizadas algunas de ellas a través del RIGI, se concentran en esos mismos sectores, además de energía.

El resultado, documentado en diversos estudios, es un proceso de reprimarización de la canasta exportadora nacional, con el riesgo de desindustrialización que ello conlleva. Ese perfil primario-exportador expone una debilidad propia más que una imposición externa, exactamente lo contrario de lo que requeriría un proceso de desarrollo basado en la agregación de valor. Todo parece indicar, así, que, lejos de explotar las posibilidades que representa la configuración de un mundo multipolar, no logramos construir una política de inserción internacional que revierta la lógica del comercio desigual, y terminamos reproduciendo un esquema similar al que históricamente hemos sostenido con otras potencias.

Aprovechar la oportunidad requiere un proyecto nacional y regional

El problema no es China ni sus políticas hacia la región. La cuestión central es qué hacemos nosotros como país frente a esta realidad, cómo nos posicionamos ante las nuevas condiciones que ofrece el escenario internacional y qué políticas implementamos para transformar los vínculos comerciales en una palanca de desarrollo, diversificación productiva y agregación de valor. Como analizamos en un artículo reciente sobre las relaciones entre Argentina y Estados Unidos, hay que analizar la inserción internacional y el vínculo con las grandes potencias sin caer en a priori ideológicos, como hace actualmente el presidente Milei, sino en función de una estrategia de desarrollo nacional.

En otras palabras, es indudable que el viejo problema de la dependencia se hace presente en la relación con China. El problema es la posición estructural de proveedor de materias primas frente a cualquier centro industrial y tecnológico, sea cual sea su bandera. Cambiar de socio principal sin cambiar esa posición estructural no resuelve nada. Lo que resuelve algo es construir capacidad industrial y tecnológica propia, tenga como principal comprador a quien tenga.

El ascenso de China no es, en sí mismo, ni una liberación ni una nueva condena. Es un cambio en la estructura del sistema internacional que le abre a países como Argentina un margen de maniobra que no tenía en un mundo unipolar. Se trata de acceso a financiamiento sin condicionalidad política directa, de mercado para productos que Occidente arancela o subsidia en contra, de vínculos diplomáticos que no exigen alineamiento como condición y que por eso amplían el margen de maniobra propio, y, si se negocia bien, de acceso a tecnología en mejores condiciones. Pero esa oportunidad no se activa sola. Los datos argentinos muestran que, dejado a su dinámica de mercado, el vínculo con China profundiza exactamente el perfil que se supone que había que superar. Más soja, más carne, más litio en bruto. Más importación de manufacturas y tecnología llave-en-mano.

Lo que determina si esta relación es una salida de la dependencia histórica o una nueva versión de la misma no es la nacionalidad del socio comercial, sino al menos tres cosas que dependen enteramente de decisiones propias. Es decir, de la capacidad que tengamos como país y como región de pensar en términos de un proyecto nacional y latinoamericano.

Primero, una política industrial activa que exija valor agregado y transferencia tecnológica como condición de la inversión extranjera. No alcanza con atraer capitales chinos a los sectores donde ya tenemos ventajas comparativas naturales, como la minería o el agro. La experiencia de las zonas económicas especiales chinas, que condicionaron los incentivos fiscales a la asociación con empresas locales y a la transferencia efectiva de tecnología, muestra que ese tipo de exigencia es compatible con atraer inversión extranjera, siempre que exista la decisión política de imponerla. El RIGI, tal como está diseñado, va en sentido contrario, ya que no exige contenido local ni transferencia tecnológica y prioriza la estabilidad fiscal por sobre cualquier contrapartida productiva. Convertirlo en un instrumento de ese tipo no sería un simple ajuste sino una reformulación de su lógica de origen, algo que solo tiene sentido si existe la voluntad política de asumir ese costo.

Segundo, una articulación entre los niveles subnacionales y los Estados nacionales que permita generar mejores condiciones de negociación en las inversiones destinadas a la explotación de recursos naturales. Buena parte de los proyectos mineros y energéticos con capital chino se negocian hoy de forma directa entre gobernaciones provinciales y empresas, sin una estrategia nacional que unifique criterios ni fije pisos comunes. Cada provincia termina compitiendo con la de al lado por la misma inversión, y cede condiciones fiscales, ambientales o laborales para no quedar afuera. Una coordinación federal, con reglas comunes sobre regalías, empleo local y contenido nacional, permitiría que ese aprovechamiento de recursos naturales se articule con un entramado productivo local en lugar de derramar hacia afuera.

Tercero, promover la coordinación regional, un Mercosur que negocie como bloque y no como cuatro competidores. Es el mismo problema del punto anterior, pero a escala regional en lugar de provincial. El caso de Uruguay avanzando por su cuenta hacia un tratado bilateral con China, o el de cada socio del bloque ofreciendo condiciones cada vez más favorables para no quedar afuera de una inversión, muestra el costo concreto de esa fragmentación. Negociar como un mercado de 280 millones de personas, con reglas de origen y exigencias de contenido local comunes, le da a la región un poder de negociación que ninguno de sus miembros tiene por separado. La señal reciente de Brasil, mostrándose más dispuesto a explorar una negociación conjunta del bloque en lugar de dejar que cada socio negocie por su cuenta, es un antecedente auspicioso, aunque todavía inicial. Sin ese paraguas regional, la Argentina negocia siempre en desventaja, no porque le falten recursos para ofrecer sino porque le falta escala para exigir.

Ninguno de estos tres ejes depende de China ni de la buena o mala voluntad de Beijing. Dependen de decisiones que solo pueden tomar Argentina y demás países de la región. La relación con China puede ser una salida de la dependencia histórica o una repetición con otro nombre, y esa definición se juega en gran parte adentro, no afuera. Adoptar una posición acríticamente prochina repetiría el mismo error que supuso, en otras coyunturas, alinearse sin más con el ascenso inglés o con el estadounidense. Como plantea el CENAC, el objetivo no es cambiar de tutor sino construirnos como polo emergente, sin resignarnos a elegir un bando en la puja entre potencias. El desafío es usar el margen que abre esa disputa para construir lo único que ningún socio comercial puede ofrecer: capacidad productiva y tecnológica propia.

Visited 10 times, 10 visit(s) today

Last modified: 12 de septiembre de 2026

Cerrar