Written by 08:17 Artículos académicos Vistas:122

Revolución digital, inteligencia artificial y proyecto nacional

Revolución digital, inteligencia artificial y proyecto nacional

El artículo propone que la inteligencia artificial es la fase más reciente de una revolución digital más amplia, cuyo rumbo no es un destino inevitable sino resultado de decisiones. El diagnóstico identifica nudos críticos: la reducción de la inteligencia humana a cálculo y rendimiento, la dimensión material y geopolítica de las infraestructuras digitales como problema de soberanía nacional, la colonización comercial de la vida cotidiana, la debilidad institucional frente a las grandes corporaciones tecnológicas y una desregulación de facto favorable a quienes concentran poder económico. A partir de allí, se plantean seis líneas de acción (pensar la IA desde la revolución digital, recuperar una antropología del bien común, fortalecer capacidades tecnológicas nacionales, reconstruir la vida comunitaria, fortalecer instituciones y disputar la regulación), traducidas en una agenda 2026-2027 (convocar, formar, producir, incidir). Se concluye que la pregunta por la IA es inseparable de la pregunta por la Nación.

Cita recomendada: Liaudat, S. (2026). Revolución digital, inteligencia artificial y proyecto nacional. Cuadernos del CLADE 4, 42-54. https://usi.edu.ar/publicaciones/cuadernos-del-clade/

Estas reflexiones fueron compartidas en el foro “Ser nación en tiempos de IA”, convocado por la Comisión Nacional de Justicia y Paz, el 17 de junio de 2026 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

peón

Introducción

La irrupción de la inteligencia artificial ha despertado un interés sin precedentes. A diario aparecen nuevas aplicaciones, herramientas y promesas que alimentan tanto el entusiasmo como la incertidumbre. Sin embargo, detrás de la fascinación que suscitan estas tecnologías se encuentra una transformación mucho más profunda: la consolidación de una nueva etapa de la revolución digital, cuyos efectos alcanzan prácticamente todos los ámbitos de la vida social.

No estamos simplemente frente a una innovación tecnológica. Se trata de una reconfiguración de las formas de producir, trabajar, aprender, comunicarnos, participar políticamente e incluso comprender qué significa ser humanos. Como ocurrió en otros momentos decisivos de la historia, las tecnologías no sólo modifican los instrumentos de los que disponemos, sino también las relaciones sociales, las instituciones, las culturas y las formas de ejercer el poder. Por eso, la pregunta por la inteligencia artificial no puede reducirse a un debate técnico. Es, ante todo, una cuestión política, cultural y civilizatoria.

En la Argentina, esta discusión presenta una dificultad adicional. Con frecuencia ingresamos al debate concentrándonos en las aplicaciones más recientes, mientras dejamos en un segundo plano las condiciones materiales, institucionales y culturales que hacen posible el desarrollo tecnológico. Del mismo modo, solemos oscilar entre dos posiciones igualmente insuficientes: la fascinación acrítica por la innovación y el temor paralizante frente a sus riesgos. Ambas perspectivas comparten un mismo presupuesto: asumir que el rumbo del cambio tecnológico está dado y que nuestro único margen consiste en adaptarnos a él.

Este trabajo parte de una convicción diferente. La revolución digital no constituye un fenómeno natural ni un destino inevitable. Es el resultado de decisiones políticas, económicas y culturales que expresan determinados intereses, valores y concepciones de la sociedad. En consecuencia, también puede ser objeto de deliberación democrática y de orientación política. La pregunta decisiva no es únicamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué proyecto de país queremos construir en un tiempo atravesado por la inteligencia artificial.

Desde esta perspectiva, el propósito de estas páginas no es ofrecer respuestas concluyentes, sino aportar a una reflexión colectiva. Se trata de identificar algunos de los principales desafíos que plantea la actual revolución digital y, al mismo tiempo, sugerir líneas de acción que contribuyan a organizar una agenda común durante los próximos años. Más que cerrar un debate, interesa abrirlo; más que formular un programa acabado, contribuir a un proceso de discernimiento compartido entre quienes, desde distintos ámbitos de la vida nacional, entienden que el desarrollo tecnológico no puede separarse de la construcción del bien común.

La pregunta que orienta este escrito es, en definitiva, sencilla de formular, aunque compleja de responder: ¿qué significa ser Nación en tiempos de inteligencia artificial? Responderla exige ampliar la mirada. No basta con discutir algoritmos, plataformas o modelos de lenguaje. Es necesario reflexionar sobre la antropología que subyace a estas tecnologías, sobre las formas de organización social que promueven, sobre las capacidades nacionales indispensables para ejercer soberanía y sobre las instituciones capaces de orientar democráticamente la innovación. En esa dirección se inscriben las páginas que siguen: primero, proponiendo un diagnóstico de la situación actual; luego, delineando algunas líneas de acción que permitan convertir esta preocupación en iniciativas concretas y sostenidas.

Un diagnóstico de época

Pensar la inteligencia artificial desde una perspectiva nacional exige, antes que nada, situarla en el proceso histórico del que forma parte. Existe una tendencia a presentar la inteligencia artificial como una ruptura absoluta, como si inaugurara un tiempo completamente nuevo. Sin embargo, resulta más adecuado comprenderla como una nueva fase de una transformación mucho más extensa: la revolución digital, iniciada hace varias décadas y caracterizada por la creciente informatización, automatización y plataformización de la vida social. La inteligencia artificial no reemplaza esas tendencias; las acelera, las profundiza y las integra en una escala inédita.

Esta constatación tiene consecuencias importantes. Si el problema no es únicamente la inteligencia artificial sino el conjunto de la revolución digital, entonces también deben ampliarse nuestras preguntas. No basta con discutir los riesgos de los algoritmos o las oportunidades de determinadas aplicaciones. Es necesario preguntarse qué transformaciones están ocurriendo en las formas de producción, en el trabajo, en la educación, en la cultura, en la política y en las relaciones de poder. En otras palabras, el verdadero desafío consiste en comprender la época que estamos atravesando y no solamente una de sus manifestaciones tecnológicas más visibles.

Este cambio de escala también obliga a revisar los supuestos antropológicos que acompañan el desarrollo tecnológico contemporáneo. Buena parte de las promesas asociadas a la inteligencia artificial descansan sobre una identificación implícita entre inteligencia, procesamiento de información y capacidad de cálculo. De manera casi inadvertida, la existencia humana comienza a ser evaluada según parámetros de funcionamiento, eficiencia y rendimiento. Aquello que puede optimizarse adquiere valor; aquello que escapa a la lógica del cálculo aparece como irrelevante o improductivo.

No se trata únicamente de una discusión filosófica. Toda tecnología incorpora una determinada visión del ser humano y de la sociedad. Cuando el individuo es concebido principalmente como productor de datos, consumidor de servicios o agente económico racional, también las instituciones terminan reorganizándose según esos mismos criterios. La comunidad deja paso a la competencia permanente, la cooperación se subordina a la lógica del desempeño y la política corre el riesgo de reducirse a un problema de gestión eficiente. Frente a ello resulta imprescindible recuperar una comprensión integral de la persona humana, abierta a la dimensión comunitaria, cultural, espiritual y política de la existencia.

Al mismo tiempo, la revolución digital posee una dimensión material que con frecuencia permanece oculta. Tendemos a imaginar el mundo digital como un universo inmaterial, cuando en realidad depende de infraestructuras físicas altamente complejas: centros de datos, redes de comunicaciones, satélites, cables submarinos, minerales estratégicos, sistemas energéticos y capacidades industriales de enorme sofisticación. Del mismo modo, el desarrollo de la inteligencia artificial requiere científicos, ingenieros, técnicos, universidades, empresas e instituciones capaces de producir conocimiento y transformarlo en innovaciones concretas.

Desde esta perspectiva, la cuestión tecnológica se convierte también en una cuestión de soberanía. Los países que no desarrollan capacidades propias quedan condicionados por las decisiones de quienes controlan las infraestructuras, los datos y las plataformas. La dependencia ya no se expresa únicamente en términos financieros o comerciales; también adopta la forma de una dependencia tecnológica que limita la capacidad de decidir sobre aspectos estratégicos del desarrollo nacional. Importar tecnologías implica, muchas veces, importar también prioridades, valores, criterios de diseño y modelos de organización social elaborados en función de intereses ajenos.

Otro rasgo característico de la época es la progresiva conformación de un ambiente digital que atraviesa toda la vida cotidiana. Durante mucho tiempo concebimos las tecnologías digitales como herramientas que utilizábamos en determinados momentos del día. Esa representación resulta cada vez menos adecuada. Hoy trabajamos, estudiamos, compramos, nos entretenemos, nos informamos, construimos vínculos afectivos y participamos políticamente en entornos profundamente mediados por plataformas digitales. Lo digital ha dejado de ser un espacio diferenciado para convertirse en una dimensión permanente de nuestra existencia.

Esta transformación tiene implicancias culturales y políticas de enorme alcance. Las formas de atención, de aprendizaje, de deliberación pública y de construcción de comunidad se ven crecientemente modeladas por arquitecturas tecnológicas cuyo diseño responde, en gran medida, a objetivos comerciales. La lógica de la hiperconectividad, la aceleración permanente y la captura constante de datos modifica nuestras formas de percibir el tiempo, de relacionarnos con los demás y de construir sentido. En este contexto, preservar espacios de encuentro presencial, reflexión compartida y vida comunitaria deja de ser una cuestión secundaria para convertirse en una condición del buen vivir y de la propia vida democrática.

A este escenario se suma un problema institucional. Mientras las grandes corporaciones tecnológicas concentran recursos económicos, capacidades científicas y enormes volúmenes de información, las instituciones encargadas de representar el interés público aparecen fragmentadas y con escasa capacidad de intervención. Estados, universidades, sindicatos, organizaciones sociales, partidos políticos e incluso buena parte del sistema científico todavía no han logrado construir una agenda común frente a estos desafíos. La velocidad del cambio tecnológico contrasta con la lentitud de nuestras respuestas institucionales.

Esta asimetría no sólo expresa una diferencia de recursos, sino también una diferencia en la capacidad de producir sentido. Las grandes plataformas no únicamente desarrollan tecnologías; también modelan imaginarios, establecen prioridades y condicionan las formas en que la sociedad comprende el futuro. Frente a ello, resulta significativo que una de las intervenciones más relevantes en el debate internacional haya provenido de la Iglesia, que decidió incorporar estas cuestiones a su reflexión sobre la dignidad humana, el bien común y el destino de la familia humana. Ese gesto revela que el problema trasciende ampliamente el ámbito técnico y reclama la participación activa de todas las instituciones comprometidas con la construcción de la vida colectiva.

Finalmente, la revolución digital se desarrolla en un contexto de profunda desregulación. La innovación tecnológica avanza con mucha mayor rapidez que la capacidad de las sociedades para establecer normas, responsabilidades y criterios de control democrático. En numerosos ámbitos, las decisiones sobre el funcionamiento de tecnologías que afectan la vida de millones de personas quedan en manos de actores privados cuya legitimidad deriva fundamentalmente del mercado y no del debate público.

La ausencia de regulación no implica ausencia de reglas. Por el contrario, significa que las reglas existen, pero son definidas por quienes poseen el poder económico y tecnológico suficiente para imponerlas. En consecuencia, la cuestión central ya no consiste en decidir entre regulación o libertad, sino en preguntarnos quién regula, con qué legitimidad y en función de qué proyecto de sociedad.

En definitiva, la inteligencia artificial constituye mucho más que una innovación tecnológica. Es una puerta de entrada para comprender una transformación histórica que compromete simultáneamente nuestra concepción del ser humano, las condiciones materiales de la soberanía, las formas de la vida comunitaria, el papel de las instituciones y la capacidad de las sociedades para orientar democráticamente el desarrollo tecnológico. Sólo desde un diagnóstico de esta amplitud será posible elaborar respuestas que estén a la altura de los desafíos de la época.

Seis líneas de acción

Si el diagnóstico presentado hasta aquí es correcto, la respuesta no puede limitarse a promover una adopción más eficiente de la inteligencia artificial. El desafío consiste en orientar la revolución digital en función de un proyecto nacional. La cuestión decisiva no es cuánto utilizaremos estas tecnologías, sino para qué, bajo qué criterios y al servicio de qué comunidad política. Ello requiere construir capacidades materiales, fortalecer instituciones, recuperar una visión humanista del desarrollo y generar ámbitos permanentes de deliberación colectiva.

Las siguientes líneas de acción no pretenden constituir un programa acabado. Buscan, más modestamente, ofrecer un marco de trabajo que permita articular iniciativas diversas y convocar a actores provenientes de distintos ámbitos de la vida nacional.

1. Pensar la inteligencia artificial desde la revolución digital

La primera tarea consiste en ampliar el horizonte del debate. Reducir la discusión a la inteligencia artificial implica correr el riesgo de perder de vista las transformaciones estructurales que caracterizan la revolución digital. La automatización, la plataformización, la economía de los datos, las infraestructuras digitales, la ciberseguridad y las nuevas formas de organización del trabajo forman parte de un mismo proceso histórico.

Esta perspectiva permite evitar tanto el entusiasmo desmedido como el rechazo simplista. La inteligencia artificial debe ser comprendida como un componente de una transformación mucho más amplia, cuyas consecuencias económicas, políticas, culturales y geopolíticas apenas comenzamos a dimensionar. En este sentido, una primera línea de acción consiste en promover espacios de estudio, formación y debate que contribuyan a construir una comprensión integral del cambio de época.

2. Recuperar una antropología del bien común

Toda tecnología expresa una determinada concepción del ser humano. Por ello, una segunda línea de acción consiste en volver a colocar la pregunta antropológica en el centro del debate.

La inteligencia artificial no puede evaluarse únicamente por su eficiencia o por el aumento de productividad que promete generar. También debe ser juzgada a partir de su contribución al desarrollo integral de las personas y de las comunidades. Frente a una cultura que tiende a identificar valor con rendimiento y éxito con competencia permanente, resulta necesario reafirmar una concepción de la persona fundada en la dignidad, la solidaridad, la cooperación y la fraternidad.

Esta tarea no corresponde exclusivamente a filósofos o especialistas en ética. Interpela a educadores, comunicadores, dirigentes sociales, comunidades religiosas, universidades y organizaciones de la sociedad civil. En definitiva, se trata de reconstruir una cultura capaz de orientar el desarrollo tecnológico desde el bien común y no únicamente desde la lógica del mercado.

3. Fortalecer las capacidades nacionales para el desarrollo tecnológico

No existe soberanía digital sin capacidades propias. La tercera línea de acción consiste, por tanto, en fortalecer las condiciones materiales que hacen posible una participación activa en la revolución digital.

Esto supone invertir sostenidamente en ciencia, tecnología, educación e innovación; desarrollar infraestructura crítica; fortalecer las capacidades nacionales de diseño de hardware y software; promover empresas tecnológicas con arraigo nacional y consolidar un sistema científico capaz de responder a prioridades estratégicas del país.

La cuestión no pasa por aspirar a una autosuficiencia imposible, sino por aumentar los márgenes de autonomía nacional. Cada capacidad tecnológica desarrollada localmente amplía nuestra libertad para decidir; cada dependencia estratégica reduce nuestra posibilidad de orientar el desarrollo conforme a nuestros propios intereses.

Por ello, la discusión sobre inteligencia artificial debe integrarse a una agenda más amplia de desarrollo nacional, donde converjan las políticas científico-tecnológicas, industriales, educativas y de infraestructura.

4. Reconstruir la vida comunitaria en el ambiente digital

La revolución digital ha transformado profundamente nuestras formas de vincularnos. En este contexto, una cuarta línea de acción consiste en proteger y fortalecer los espacios de encuentro humano que ninguna tecnología puede reemplazar.

No se trata de promover una actitud tecnófoba ni de abandonar los beneficios de la conectividad. Se trata, por el contrario, de reconocer que una vida plenamente humana necesita también tiempos y espacios de presencia, conversación, contemplación y construcción comunitaria.

Las escuelas, las universidades, los clubes, las organizaciones barriales, las familias, los ámbitos de trabajo, las comunidades religiosas y las instituciones culturales poseen aquí una responsabilidad fundamental. Pueden convertirse en ámbitos privilegiados para experimentar formas equilibradas de convivencia entre lo digital y lo presencial, promoviendo una verdadera ecología de la atención y de los vínculos humanos.

Una sociedad que pierde su capacidad de encontrarse cara a cara termina debilitando también las bases culturales de la democracia.

5. Articular instituciones para incidir en el debate público

La magnitud de estos desafíos exige abandonar la fragmentación actual. Ninguna institución, por sí sola, posee las capacidades necesarias para orientar un proceso de esta complejidad.

Resulta indispensable construir una red de cooperación entre universidades, organismos científicos, sindicatos, organizaciones empresariales, comunidades religiosas, movimientos sociales, instituciones educativas, gobiernos nacionales, provinciales y municipales. Más que superponer iniciativas dispersas, se trata de favorecer procesos de articulación que permitan compartir diagnósticos, coordinar proyectos y producir propuestas comunes.

Esta red podría impulsar investigaciones, organizar seminarios federales, elaborar documentos de trabajo, promover experiencias piloto y contribuir a la formación de dirigentes capaces de comprender las implicancias políticas de la revolución digital y de incidir en la agenda pública y legislativa.

Frente a corporaciones tecnológicas con capacidad de actuar globalmente, la respuesta no puede ser el aislamiento de actores individuales. Sólo una comunidad organizada, más allá incluso de las fronteras nacionales, podrá participar con voz propia en los grandes debates sobre el devenir tecnológico.

6. Impulsar una agenda de regulación democrática

Finalmente, toda estrategia nacional requiere mecanismos capaces de orientar el cambio tecnológico hacia el bien común. La regulación constituye uno de los instrumentos fundamentales para alcanzar ese objetivo.

Regular no significa frenar la innovación. Significa establecer las condiciones bajo las cuales esa innovación resulta socialmente deseable. Toda tecnología opera dentro de un determinado marco normativo; la verdadera cuestión consiste en quién define esas reglas y con qué legitimidad.

En este sentido, la regulación debe entenderse en un sentido amplio. Corresponde al Estado establecer los grandes marcos jurídicos, proteger derechos y garantizar el interés general. Pero también las universidades, las asociaciones profesionales, las organizaciones de la sociedad civil y las demás instituciones intermedias pueden desarrollar principios, protocolos y criterios que orienten el uso responsable de estas tecnologías en sus respectivos ámbitos.

Durante los próximos años será necesario debatir cuestiones tan diversas como la utilización de inteligencia artificial en la educación, la salud, la seguridad, los procesos electorales, la administración pública, el mundo del trabajo y los medios de comunicación. Cada uno de estos ámbitos requiere respuestas específicas, pero todos comparten un mismo principio: la tecnología debe permanecer subordinada a la dignidad humana, al bien común y a los objetivos del desarrollo nacional.

En conjunto, estas seis líneas de acción no constituyen un punto de llegada sino un punto de partida. Más que ofrecer soluciones definitivas, buscan abrir un proceso de reflexión y organización colectiva. Ser Nación en tiempos de inteligencia artificial implica asumir que el futuro tecnológico no está escrito de antemano. Dependerá, en buena medida, de nuestra capacidad para construir instituciones, formar capacidades, fortalecer comunidades y sostener un proyecto nacional capaz de orientar la innovación hacia una sociedad más libre, más justa y más plenamente humana.

Una agenda para 2026-2027

Las líneas de acción aquí propuestas sólo adquirirán sentido si logran traducirse en iniciativas concretas y sostenidas. El desafío de ser Nación en tiempos de inteligencia artificial no podrá afrontarse mediante respuestas aisladas ni desde una única institución. Requiere construir una comunidad de reflexión y acción capaz de elaborar diagnósticos compartidos, formar capacidades, generar propuestas e incidir en la orientación del desarrollo tecnológico. En ese espíritu, puede esbozarse una agenda de trabajo para lo que resta de 2026 y durante 2027 organizada en torno a cuatro verbos: convocar, formar, producir e incidir.

Convocar

La primera tarea consiste en convocar. La revolución digital interpela a actores muy diversos y exige superar la fragmentación que hoy caracteriza este debate. Universidades, organismos científicos y tecnológicos, instituciones educativas, organizaciones sindicales y sociales, cámaras empresariales, comunidades religiosas y distintos niveles del Estado poseen saberes y responsabilidades complementarias que conviene poner en diálogo.

Más que crear una nueva organización, el desafío consiste en tejer una red de cooperación que permita compartir experiencias, identificar problemas comunes y construir una agenda de trabajo permanente. La magnitud de las transformaciones en curso hace necesario recuperar la capacidad de pensar colectivamente el futuro del país.

Formar

La segunda tarea es formar. Ninguna estrategia nacional podrá sostenerse sin dirigentes, docentes, investigadores, profesionales y ciudadanos capaces de comprender las implicancias de la revolución digital.

Durante lo que resta de 2026 y a lo largo de 2027 sería deseable impulsar una agenda federal de formación integrada por seminarios, jornadas, cursos, talleres y materiales de divulgación destinados a distintos públicos. Pero esa formación no debería limitarse al aprendizaje técnico de herramientas de inteligencia artificial. También debería promover una comprensión histórica, política, ética y cultural de la revolución digital, fortaleciendo la capacidad de discernimiento frente a los desafíos que plantea para la Argentina y América Latina.

Producir

La tercera tarea consiste en producir conocimiento y propuestas. Toda deliberación madura requiere diagnósticos rigurosos, investigaciones interdisciplinarias y elaboración de alternativas concretas.

En este sentido, resulta conveniente conformar equipos de trabajo dedicados a analizar los principales desafíos que la inteligencia artificial plantea para ámbitos como la educación, la salud, el trabajo, la seguridad, la comunicación, la administración pública y el sistema científico-tecnológico. El objetivo no es únicamente comprender los problemas, sino también elaborar recomendaciones, diseñar experiencias piloto y ofrecer insumos que puedan orientar decisiones institucionales y políticas públicas.

Al mismo tiempo, esta producción debería traducirse en documentos de trabajo, publicaciones, proyectos de ley, materiales pedagógicos y espacios de intercambio que permitan ampliar el debate y enriquecerlo con nuevas perspectivas.

Incidir

Finalmente, toda esta tarea debe proponerse incidir en la vida pública. La reflexión sólo adquiere sentido cuando contribuye a orientar procesos sociales e institucionales.

Incidir supone participar del debate público, dialogar con los responsables de formular políticas, colaborar con instituciones educativas, organismos estatales, organizaciones sociales y actores económicos, así como promover marcos regulatorios capaces de orientar el desarrollo tecnológico hacia el bien común. También implica fortalecer los vínculos con iniciativas semejantes que se desarrollan en América Latina, convencidos de que muchos de estos desafíos requieren respuestas compartidas desde una perspectiva regional.

La revolución digital ya está redefiniendo las condiciones del desarrollo, de la soberanía y de la vida democrática. La pregunta es si seremos únicamente espectadores de ese proceso o si lograremos convertirnos en protagonistas de su orientación.

Conclusión

La inteligencia artificial ha irrumpido con una fuerza que obliga a revisar muchas de nuestras certezas. Sin embargo, el desafío que tenemos por delante no consiste únicamente en comprender una nueva tecnología, sino en decidir qué sociedad queremos construir en una nueva etapa de la historia. La revolución digital no es un proceso externo al que simplemente debamos adaptarnos. Es un ámbito de disputa donde se ponen en juego concepciones del ser humano, modelos de desarrollo, formas de organización social y relaciones de poder que marcarán el rumbo de las próximas décadas.

Desde esa perspectiva, la pregunta por la inteligencia artificial es inseparable de la pregunta por la Nación. Ser Nación en tiempos de IA supone preservar la capacidad de una comunidad política para deliberar sobre su destino, desarrollar las capacidades materiales y humanas que hagan posible una mayor autonomía, fortalecer las instituciones encargadas de cuidar el bien común y sostener una concepción de la persona que no quede reducida a la lógica de la eficiencia ni del mercado.

Las reflexiones aquí reunidas no aspiran a ofrecer respuestas definitivas. Pretenden, más humildemente, contribuir a un proceso de elucidación colectiva y de construcción compartida de alternativas. El futuro tecnológico no está escrito de antemano. Dependerá, en buena medida, de la calidad de nuestras instituciones, de la vitalidad de nuestras comunidades y de nuestra capacidad para organizar una inteligencia colectiva orientada por un proyecto nacional.

Quizás esa sea la tarea más importante que tenemos por delante. No preguntarnos solamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué estamos dispuestos a hacer nosotros para que el desarrollo tecnológico contribuya a una Argentina más soberana, más justa, más fraterna y plenamente integrada a una comunidad latinoamericana capaz de construir su propio futuro. Porque, en definitiva, el verdadero desafío no es desarrollar tecnologías inteligentes, sino construir una Nación que sepa orientarlas al servicio de la dignidad humana y del bien común.

Visited 122 times, 122 visit(s) today

Last modified: 25 de agosto de 2026

Cerrar