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La estrategia del movimiento nacional frente al contexto mundial

La estrategia del movimiento nacional frente al contexto mundial

Documento elaborado colectivamente en el marco del Centro de Estrategia Nacional (CENAC).

Cita recomendada: Centro de Estrategia Nacional (CENAC). (2026, 26 de abril). La estrategia del movimiento nacional frente al contexto mundial [Documento institucional].

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Introducción

El presente documento inaugura una serie de publicaciones que el Centro de Estrategia Nacional (CENAC) realizará, luego del correspondiente debate interno, con el propósito de clarificar y sentar posición ante las discusiones estratégicas del movimiento nacional. La preeminencia del coyunturalismo por sobre la estrategia constituye un problema estructural para la constitución de una fuerza política transformadora, y obliga a actuar en sentido contrario: poner sobre la mesa las discusiones fundamentales con vistas a promover el proceso de (re)construcción de una fuerza social transformadora, nacionalista y popular.

Las posiciones que aquí se expresan serán publicadas por temas, aunque no se presentan de manera aislada. Es justamente el tacticismo reinante el que imprime una visión fragmentada de las distintas cuestiones que afectan la vida de los argentinos y las argentinas, visión que se replica en la práctica en infinidad de «mesas de trabajo» que nunca se interrelacionan. La tarea de la estrategia y del pensamiento es, precisamente, reunir lo que aparece separado y construir una mirada integral de la problemática que aqueja a la Nación. El todo es superior a la parte y a la suma de las partes.

En este marco, la elección de la política internacional como temática del primer documento no es casual. Si bien es el proceso político nacional el que otorga la base necesaria para generar los cambios estructurales, este siempre se desarrolla -y más aún en la época de la «globalización» y la «interdependencia»- en un contexto general que condiciona su posibilidad de realización. Pensar la política internacional como punto de partida implica reconocer que allí se configuran parte de las condiciones estructurales de posibilidad de los proyectos nacionales y populares. Es, en ese sentido, «la verdadera política», porque determina los márgenes de soberanía o dependencia de los pueblos en un sistema mundial atravesado por relaciones desiguales de poder.

La situación actual, que el CENAC identifica como de «caos sistémico» y de expansión de un orden multipolar, presenta oportunidades históricas tanto para la región como para la Argentina. Sin embargo, ese mismo escenario puede convertirse en un peligro existencial para el país si el campo nacional y popular no desarrolla claridad estratégica sobre el momento que atraviesa y no es capaz de plantear una política acertada de cara al mundo en transformación.

Los recursos naturales de América Latina se han convertido en factores decisivos en las actuales y crecientes disputas geopolíticas entre potencias tradicionales y emergentes. La forma en que sean valorados, explotados y apropiados los bienes estratégicos de la región tendrá un peso determinante tanto en la resolución de esos conflictos como en la configuración del orden mundial en gestación. En este escenario, se abren interrogantes de vital importancia: ¿América Latina profundizará su histórica condición de subordinación bajo nuevas formas, o será capaz de aprovechar esta coyuntura para construir una autonomía soberana a partir de la reactivación de los procesos de integración regional? ¿Cuál será el papel de la República Argentina en ese proceso? ¿Cuál es la tarea del campo nacional y popular frente a esa situación?

El escenario mundial

Para enmarcar adecuadamente las discusiones y posiciones al interior del campo nacional respecto de la política internacional, es necesario partir del análisis del escenario mundial. Como señala el principio rector del pensamiento estratégico, «la realidad es superior a la idea».

En las últimas décadas, el mapa del poder global se ha modificado de forma estructural como expresión de una transformación profunda del sistema mundial. Una de las mayores dificultades para comprender la profundidad de este momento histórico radica en que se asiste, simultáneamente, a diversos fines de ciclo que corresponden a, por lo menos, tres temporalidades distintas. En primer lugar, se verifica una crisis del patrón dominante de acumulación del capital, iniciado en la década del setenta y conocido como «modelo de valorización tecnológico-financiera», junto con el fin de su expresión política: el orden unipolar globalista, que se inició con las reformas de Thatcher y Reagan y quedó inequívocamente establecido con la caída de la Unión Soviética. En segundo lugar, este proceso se inscribe en el fin del ciclo de hegemonía anglo-estadounidense, inaugurado en 1945 con los acuerdos de Bretton Woods. Al mismo tiempo, en una temporalidad más extensa, se asiste al fin del ciclo de primacía del Occidente geopolítico -o del mundo «atlántico-norte-céntrico»-, construido desde el siglo XVI y consolidado en los siglos XIX y XX. Como admitió el propio Josep Borrell en 2024, entonces representante de la política exterior de la Unión Europea: «la era del dominio global de Occidente ha llegado a su fin».

A lo largo de los últimos dos siglos, la humanidad atravesó dos grandes etapas de «caos sistémico», también denominadas «guerras hegemónicas» o «guerras de treinta años»: la comprendida entre los años 1780-1790 y 1815-1825, y la comprendida entre 1910-1914 y 1945-1953. Fue precisamente en esas etapas cuando se produjeron las gestas revolucionarias de principios del siglo XIX en Hispanoamérica y el desarrollo de los nacionalismos populares latinoamericanos del siglo XX. Las transiciones hegemónicas constituyen, así, períodos de revoluciones y contrarrevoluciones, donde se generan condiciones para levantamientos, insurrecciones y procesos de liberación nacional. Son escenarios de oportunidad histórica, pero también de grandes riesgos, ya que en ellos se definen los destinos de los pueblos para las décadas por venir.

Desde principios del siglo XXI, el sistema mundial atraviesa distintos momentos de la actual transición. El comienzo de la crisis del «Consenso de Washington» y del orden unipolar se produjo a principios de los años 2000, coincidiendo con el inicio de un cambio de época en América Latina marcado por la re-emergencia incipiente de las fuerzas nacional-populares. A ello siguió el colapso financiero y económico global de 2008, gatillado por el desplome del banco Lehman Brothers, y, como contracara de ese hundimiento, el surgimiento de los BRICS -Brasil, Rusia, India, China y, posteriormente, Sudáfrica- como actores clave del escenario mundial.

A partir de ese punto, una dualidad define a la economía mundial: el estancamiento relativo y la financiarización del Norte Global contrastan con la gran expansión de las fuerzas productivas y el crecimiento sostenido del mundo emergente, con centro en Asia Pacífico e Índico y con la República Popular China como principal motor. En la actualidad, tres de las cuatro principales economías del mundo medidas a paridad de poder adquisitivo -China, Rusia e India- no pertenecen al bloque histórico-geográfico del Atlántico Norte; solo los Estados Unidos conservan un lugar en ese podio.

A partir de 2013-2014, sobre la base de la contradicción entre fuerzas unipolares y multipolares, comenzó a desplegarse lo que el Papa Francisco definió como una «Tercera Guerra Mundial a pedacitos» o «por partes», y que el CENAC conceptualiza como Guerra Mundial Híbrida y fragmentada. Esta dinámica no debe confundirse con una nueva Guerra Fría: a diferencia de aquella, se trata de una guerra de transición hegemónica, de naturaleza multipolar -no bipolar-, que se desarrolla en un escenario de profunda interdependencia estructural bajo un sistema transnacional de producción, sin bloques separados.

Esta Guerra Mundial Híbrida, junto con el avance de las fuerzas multipolares, generó también una fractura al interior del propio Occidente geopolítico, que comenzó a hacerse visible en 2016 con la convergencia del triunfo de Donald Trump en Estados Unidos y el referéndum favorable al Brexit en el Reino Unido. Quedaban explicitadas, de ese modo, las diversas estrategias del bloque dominante: la globalista, la americanista y la nacionalista.

La pandemia de COVID-19, en 2020-2021, aceleró las tendencias estructurales de la transición en curso. En ese mismo año, las economías sumadas de los BRICS superaron por primera vez a las del G7 -corazón del Norte Global-, un desplazamiento que dos décadas antes habría resultado impensable.

El año 2025 marcó un nuevo punto de inflexión. Cuatro hechos convergentes permiten identificar el ingreso en un momento geopolítico cualitativamente distinto, en tanto revelan una nueva correlación de fuerzas en el escenario mundial:

  • el acelerado avance tecnológico, acompañado de una revolución en la reducción de costos de producción de bienes complejos, bajo el modelo chino de desarrollo conocido como «socialismo de mercado»;
  • la expansión y consolidación del BRICS+, con la incorporación de países de regiones geopolíticas clave del Sur Global -Medio Oriente, el Cuerno de África, el Sudeste de Asia-;
  • la victoria progresiva y relativa de Rusia en la guerra de Ucrania;
  • el regreso de Donald Trump con una estrategia de repliegue agresivo sobre el hemisferio occidental, una escalada en la guerra comercial que evidenció sus propias debilidades, y un empantanamiento en Irán derivado de la influencia neoconservadora dentro de su gobierno y de los intereses expansionistas del Estado de Israel.

Hoy la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán -iniciada como guerra híbrida en 2018- constituye uno de los focos centrales de esta contienda mundial.

El mundo multipolar -relativo y asimétrico- es ya una realidad efectiva en el plano geopolítico y constituye un rasgo fundamental del fin del ciclo de hegemonía anglo-estadounidense. En esta situación, la nueva dinámica entre grandes potencias y la nueva relación Norte-Sur generan la apariencia de un «nuevo orden político mundial» con jerarquías novedosas. Sin embargo, esta situación es fluida y tiene carácter exclusivamente transitorio. Lejos de lo que han sostenido algunos sectores del campo nacional y popular, no existen condiciones objetivas para que se establezca una división del mundo en «áreas de influencia» o «polos» separados al modo de Yalta o Potsdam; menos aún es viable la existencia de nuevos acuerdos del tipo Bretton Woods.

En síntesis, el presente es una etapa de Caos Sistémico -comparable a la de 1910-1914 / 1945-1949- y de (des)orden multipolar, caracterizado por la multiplicación de conflictos y disputas que adoptan actualmente la forma de una Guerra Mundial Híbrida.

El papel de la Argentina ante el trilema de Latinoamérica: ¿patio trasero o polo emergente?

Ante ese escenario global, se impone reflexionar, desde una perspectiva argentina, sobre la inserción del país en el mundo que se configura. Todo pensamiento es situado, y la situación argentina presenta particularidades que deben necesariamente tenerse en cuenta al momento de elaborar una doctrina de política exterior.

Argentina es una Nación Bicontinental cuya extensión, desde La Quiaca hasta el Polo Sur, supera los 7.500 kilómetros. Para dimensionarlo: esa distancia es superior a la anchura de la República Popular China o del continente europeo. Si se tomara como referencia únicamente la base antártica más austral de la Argentina, la Base Belgrano II, la distancia entre ambos extremos del territorio nacional equivale a la que separa Nueva York de Londres, y es mayor que la línea que une Lisboa con Moscú.

A pesar de esta envergadura, la República Argentina tiene una particularidad geopolítica determinante para cualquier estrategia nacional de política exterior: con su enclave en Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, y sobre los espacios marítimos correspondientes, el Reino Unido de Gran Bretaña ocupa el 25% del territorio nacional. Este colonialismo, que formalmente opera bajo bandera británica pero que ha demostrado actuar en favor de los intereses de todo el Occidente geopolítico, constituye un anacronismo a nivel regional y mundial.

Asimismo, no puede ignorarse el impacto del Conflicto del Atlántico Sur de 1982 y su consecuente posguerra, que se tradujeron en reducciones sistemáticas de las capacidades nacionales en áreas tan sensibles como la Defensa, la Industria y la Energía, las Comunicaciones, la Logística, la Educación, la Cultura y la autonomía diplomática.

El bloque de poder angloestadounidense no opera, sin embargo, únicamente a través de la ocupación militar. Decenas de organizaciones no gubernamentales, financiadas directa o indirectamente por esos mismos actores de poder, funcionan como grupos de presión y lobby de un ecosistema que se presenta como «espontáneo» y «apolítico», pero que ha demostrado condicionar sistemáticamente el interés soberano ante los procesos de toma de decisiones de los distintos gobiernos. Desde movilizaciones aparentemente espontáneas, demandas colectivas y militancias sectoriales hasta cátedras en universidades públicas, diseño del presupuesto estatal, promulgación de leyes o la ocupación de carteras estratégicas del Estado: el (neo)colonialismo ha penetrado en casi todos los sectores de la vida nacional. El colonialismo de ocupación se combina así con el neocolonialismo como forma dominante de subordinación, con su correlato particularmente visible en los ámbitos mediático, cultural, intelectual y científico.

En ese contexto, resulta necesario precisar cuáles son las posiciones al interior del movimiento nacional y popular respecto del mundo en que vivimos y de las tareas que de él se derivan. Las principales fracciones de poder del Occidente geopolítico buscan instalar un conjunto de antinomias para interpretar la transición de poder mundial e imponer una perspectiva hegemónica: se trata de definir «buenos» y «malos» según sus propios intereses estratégicos. Los globalistas afirman que el mundo se divide entre democracias y autocracias, entre el mundo libre y las dictaduras. Los neoconservadores añaden la palabra «comunismo» al lado del mal e insisten con la noción de «fuerzas malignas». Los nacionalistas encabezados por sectores afines a Donald Trump, por su parte, definen como central la antinomia globalismo versus nacionalismo.

América Latina, en su colonialidad ideológica, tiende a reproducir esas antinomias y sus debates, que reinstalan la lógica de la Nueva Guerra Fría y de un mundo bipolar, donde los países de la región son convocados a elegir entre el supuesto bien y el mal en lugar de actuar en función de sus propios intereses y objetivos, desde sus propios valores y cosmovisiones.

Estas posturas, que reducen las alternativas a «elegir bando», conducen a la subordinación político-estratégica del país. En la práctica, las únicas opciones que parecen ofrecerse a la República Argentina son: alinearse a las narrativas globalistas, ya sea en su forma neoliberal o progresista; o subordinarse, como hace el gobierno actual, a la perspectiva neoconservadora estadounidense, bajo la vieja consigna refritada de «América para los americanos» -que en los hechos se materializa en un nacionalismo de exclusión hacia adentro y en un seguidismo de Estados Unidos hacia afuera.

En realidad, la contradicción central que atraviesa el sistema mundial es entre el viejo orden unipolar, bajo la hegemonía anglo-estadounidense, y el mundo multipolar/multicéntrico, que supone una redistribución del poder global -como parte de una transformación del sistema mundial- y abre la posibilidad de proyectar una política internacional soberana. Esta realidad, que difiere sustancialmente tanto de la Guerra Fría como de la bipolaridad, es la que el país debe tener en cuenta en el desarrollo de su estrategia nacional.

Momentos como el actual, que se identifican como transición histórica, generan trilemas: subordinación a la fuerza en declive, subordinación a la fuerza en ascenso, o construcción de una postura soberana propia. Este último fue el proyecto de San Martín quien, ante la falsa dicotomía entre el alineamiento a España o al Reino Unido, planteó junto a Bolívar la necesidad de una confederación de estados hispanoamericanos. Fue también la postura de Perón, en el momento en que se discutía si mantener la subordinación al Reino Unido o construir esa misma relación de dependencia con los ascendentes Estados Unidos. En el marco estratégico actual, y en la situación de (des)orden multipolar, se mantiene el dilema entre neocolonialismo o liberación, con una particularidad trascendental: el polo en ascenso es el de las fuerzas multipolares, que garantizan un mayor margen de acción para los proyectos soberanos.

En términos desarrollados, la discusión que deberá resolverse en la próxima década se articula en torno a tres posiciones:

1) La postura que sostiene que, en tanto Argentina forma parte de Occidente en términos geográficos, históricos, culturales y axiológicos, lo más lógico es alinearse con Estados Unidos y el bloque occidental, diferenciándose de China, Rusia, India y otros polos emergentes. Esta postura implica, en el mundo actual, avanzar hacia una mayor periferización regional, atados y subordinados en términos políticos y estratégicos a un imperio en declive. En un mundo en crisis, esto equivale a quedar atrapados en el estancamiento económico, la financiarización y la desarticulación de capacidades estratégicas nacionales y organismos de integración regionales en beneficio de un poder que, dado el tamaño de su propia crisis, es incapaz de sostener hacia sus subordinados otra política que no sea el saqueo abierto y generalizado. Resulta completamente ilusorio creer que, bajo las actuales condiciones, sea posible un modelo de «desarrollo por invitación».

2) Las posturas que señalan que, dado el declive relativo del bloque occidental, es conveniente alinearse con China como nuevo centro emergente en plena expansión. Esta posición se refuerza con el argumento de la «complementariedad» económica: a diferencia de Estados Unidos, la República Popular China se muestra abierta a recibir y fomentar las exportaciones primarias argentinas en los sectores del agro, la minería y la energía. Quienes sostienen esta visión observan, asimismo, la posibilidad de atraer inversiones que permitan apalancar la producción nacional. Esta mirada, si se asume acríticamente, conduce hacia una neo-dependencia económica con China. Este escenario, a diferencia del primero, puede garantizar un «desarrollo del subdesarrollo», al vincularse con centros emergentes que impulsan una expansión de las fuerzas productivas. Sin embargo, la propia dinámica de la dependencia condicionaría el proceso local, dinamizando los sectores de interés para la República Popular China en detrimento de aquellos que, siendo estratégicos para el país, podrían quedar relegados. Como en toda relación de dependencia, este esquema puede favorecer el crecimiento de ciertos segmentos productivos y sus intermediarios, pero nunca podría resultar en el desarrollo integral de la Nación.

3) La perspectiva del CENAC plantea, en cambio, que existen posibilidades objetivas para construir un proyecto nacional-regional de desarrollo, dado el escenario de transición y el despliegue de un mundo relativamente multipolar al que se asiste en la actualidad. Esta es la Tercera Posición de nuestro tiempo, en una transición de poder multipolar con creciente protagonismo del Sur Global. No se trata, pues, de alinearse con uno u otro bloque, sino de ampliar los márgenes de maniobra en función del interés nacional y regional, en un mundo que presenta condiciones objetivas para ello. En este sentido, resulta fundamental aprovechar este escenario para atraer inversiones productivas y en infraestructura estratégica que satisfagan las necesidades de capital y tecnología avanzada de nuestro país. No obstante, dichas inversiones deben enmarcarse en un proyecto y una estrategia nacional de desarrollo que garantice transferencia tecnológica, potencie los actores nacionales -públicos y privados- y proteja nuestra casa común.

Para que este proyecto sea viable, la escala continental resulta fundamental. Tal como sostuvieron los grandes líderes de la patria, ningún país latinoamericano puede liberarse de manera aislada: la fragmentación regional, producto histórico del desmembramiento colonial, constituye la base material de la dependencia. Por ello, la política exterior adquiere una centralidad estratégica para los pueblos latinoamericanos en tanto herramienta para construir autonomía, defender los recursos estratégicos y proyectar modelos de desarrollo con justicia social.

Desde esta perspectiva, la unidad latinoamericana y la construcción de un Estado continental no son meras aspiraciones o utopías románticas, sino condiciones necesarias para enfrentar el contexto actual, signado por la reconfiguración del orden mundial. El papel de la Argentina como polo histórico de los proyectos de unidad sudamericana es vital para este proceso. En términos concretos, ello implica comenzar por la unificación de la Cuenca del Plata -que integran Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay-, relanzar el MERCOSUR ampliado y reafirmar la importancia de integrar el litoral Atlántico con el Pacífico.

Este proyecto requiere, a su vez, el desarrollo de siete capacidades socio-estatales estratégicas: Industria, Ciencia y Tecnología; Moneda y Finanzas; Defensa; Administración Soberana de los Recursos Naturales; Infraestructura Estratégica; Plataformas de Información, Comunicación y Sistema de Medios; y Matriz Autónoma de Pensamiento, Identidad y Cultura Nacional.

En este marco, los BRICS+ desempeñan un papel clave en cinco dimensiones:

a) Ampliar la cooperación para enfrentar, resistir o superar las políticas de contención y subordinación en el contexto de la Guerra Mundial Híbrida, así como para contener conflictos entre países miembros -tal como lo hicieron Brasil e India frente a las presiones de Trump-.

b) Cooperar en el desarrollo de capacidades estratégicas que antes controlaban los países del Norte Global: tecnología e industria avanzada, arquitectura financiera y monetaria mundial, defensa, entre otras.

c) Promover un nuevo marco institucional, caracterizado por un multilateralismo multipolar y nuevas iniciativas de gobernanza global.

d) Converger en un nuevo ciclo de expansión material de las fuerzas productivas, con centro en el Este y Sur de Asia, donde se destaca la locomotora China.

e) Producir una reconfiguración del orden mundial más equitativo y democrático, que tiende a expresar el nuevo mapa del poder real.

Ante las falsas antinomias que instan a optar por uno u otro bloque, la Tercera Posición encuentra hoy condiciones objetivas para desarrollarse con éxito. No encontrarse en un mundo bipolar, ni tampoco en los años de auge de un ciclo hegemónico estabilizado, significa mayores posibilidades para construir una posición propia: un polo soberano en un escenario de multipolaridad. Ello implica un cambio de mentalidad: reemplazar la tentación de la subordinación y la creencia en el «desarrollo por invitación» por la voluntad de construir un espacio que identifique el interés nacional y recree un modelo de desarrollo económico y humano actualizado para el tiempo histórico que corresponde transitar.

Construir agendas estratégicas y la fuerza social capaz de llevarlas adelante supone posicionarse como protagonista que impulse a la región hacia el camino de la integración y, por tanto, hacia su consolidación como actor emergente en un sistema mundial en plena transformación histórico-espacial. El ascenso de los BRICS+, como expresión de diversos poderes emergentes, fortalece esta última opción y ofrece una oportunidad histórica, pero solo podrá materializarse si se desarrolla una fuerza político-social con estrategia propia y perspectiva regional de carácter continental.

El Centro de Estrategia Nacional se propone ser una herramienta para contribuir a la construcción de esa fuerza nacional, capaz de asumir la responsabilidad histórica que el momento demanda.

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Last modified: 10 de mayo de 2026

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