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El Eco de Tandil |  “La lógica de lo diario no nos está llevando por buen camino como país”

El Eco de Tandil |  “La lógica de lo diario no nos está llevando por buen camino como país”

💬 “Diálogos”, ciclo de entrevistas de El Eco de Tandil. Encuentro, debate e intercambio de ideas.

📌 Hoy: Santiago Liaudat, filósofo y decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad Católica de La Plata

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▶️ “La lógica de lo diario, de lo efímero y de lo superficial no nos está llevando por buen camino. Necesitamos, como argentinos, detener la pelota y pensar hacia dónde queremos ir. La política se ha banalizado mucho en las últimas décadas y esa banalidad dificulta pensar en términos de políticas de Estado, en términos de aquello que como nación necesitamos y en aquello sobre lo cual podríamos ponernos de acuerdo. Cuando pensamos en la patria o en un proyecto nacional estamos hablando de todo aquello que constituye la nación argentina, pero también de una voluntad común de que al conjunto le vaya bien. No se trata de que algunos se salven mientras otros quedan afuera. No se trata de que a uno le vaya bien mientras una empresa quiebra, una provincia se deteriora o aumenta la pobreza. Se trata de poner por delante lo nacional, lo estratégico y las discusiones que realmente importan”.

〽️ Entrevista x José Di Bártolo. Realizada el 8 de junio de 2026 en la ciudad de Tandil.

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En diálogo con El Eco de Tandil, Santiago Liaudat, filósofo, decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad Católica de La Plata, propuso salir de la agenda inmediata para pensar problemas de fondo. Durante la conversación abordó la dificultad de construir políticas de Estado, el impacto de las nuevas tecnologías sobre el debate público, el escenario político abierto tras la irrupción de Javier Milei, el rol de Axel Kicillof dentro del peronismo y la importancia de las universidades, la Iglesia y otras instituciones como espacios capaces de tender puentes en una sociedad cada vez más fragmentada.

—¿Es posible pensar hoy conceptos como patria o proyecto nacional cuando la sociedad parece absorbida por las urgencias cotidianas?

—Creo que ese es justamente el punto neurálgico de la discusión. La lógica de lo diario, de lo efímero y de lo superficial no nos está llevando por buen camino. Necesitamos, como argentinos, detener la pelota y pensar hacia dónde queremos ir. La política se ha banalizado mucho en las últimas décadas y esa banalidad dificulta pensar en términos de políticas de Estado, en términos de aquello que como nación necesitamos y en aquello sobre lo cual podríamos ponernos de acuerdo. Cuando pensamos en la patria o en un proyecto nacional estamos hablando de todo aquello que constituye la nación argentina, pero también de una voluntad común de que al conjunto le vaya bien. No se trata de que algunos se salven mientras otros quedan afuera. No se trata de que a uno le vaya bien mientras una empresa quiebra, una provincia se deteriora o aumenta la pobreza. Se trata de poner por delante lo nacional, lo estratégico y las discusiones que realmente importan.

—¿Hay momentos de inflexión que expliquen por qué se perdió esa capacidad de pensar colectivamente?

—Existe un contexto más amplio, occidental, que ayuda a entenderlo. La expansión de las nuevas tecnologías, antes los medios masivos y la industria del entretenimiento, fueron socavando progresivamente el debate democrático. Occidente atraviesa una crisis profunda y Argentina forma parte de ella. Pero además tenemos problemas propios. Siempre me gusta recuperar un texto que considero fundamental: Modelo argentino para el proyecto nacional, el último documento que dejó escrito Perón en 1974. Allí aparece la idea de que los argentinos debíamos construir una visión compartida del país. Perón entendía que, si no éramos capaces de acordar ciertos objetivos comunes, terminaríamos enfrentados permanentemente. Creo que eso es lo que ocurrió. Incluso una dictadura militar intentó imponer una idea de país mediante la violencia y tampoco logró resolver esa discusión. Hoy sigue existiendo el desafío de construir un proyecto nacional que no implique eliminar al otro, sino establecer algunas bases comunes sobre las cuales discutir democráticamente.

—¿Cuáles podrían ser esas bases?

—La educación es un ejemplo muy claro. Hay pruebas internacionales, diagnósticos y evidencias que muestran problemas importantes en el sistema educativo argentino. Más allá de las diferencias políticas, debería ser posible construir consensos alrededor de cuestiones como esa. Si la educación se deteriora, después se deteriora la democracia, la economía, la cultura y la posibilidad misma de desarrollo. Hay temas estratégicos sobre los cuales deberíamos ser capaces de acordar independientemente de quién gobierne.

—¿Cuál considera que fue el último proyecto nacional que tuvo la Argentina?

—Creo que hubo un proyecto nacional durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. Ese proyecto encontró un límite hacia 2015 y desde entonces vivimos una oscilación política muy fuerte. También creo que hubo errores importantes, entre ellos la incapacidad para procesar adecuadamente una transición política. Desde hace diez años Argentina oscila entre proyectos muy diferentes y eso dificulta cualquier planificación de largo plazo.

—¿Y el proyecto que representa Javier Milei?

—Sin dudas existe un proyecto. Lo que yo discuto es que sea un proyecto nacional. Desde mi punto de vista es un proyecto antinacional porque se desarrolla a expensas de los intereses de los argentinos. No veo una idea de país. Veo una lógica vinculada a la desregulación total, a la apertura irrestricta de la economía y a la subordinación de decisiones estratégicas a intereses externos. Creo que el Gobierno está trabajando principalmente para grandes fondos financieros y corporaciones extranjeras. Lo más preocupante es que tampoco aparecen resultados concretos que justifiquen ese camino. No vemos inversiones productivas significativas, no vemos anuncios que generen empleo argentino ni un proceso de crecimiento sostenido.

—Sin embargo, una parte importante de la sociedad acompañó ese proyecto en las urnas. ¿Cómo se dialoga con esos sectores?

—No creo que exista una contradicción entre hablar de los problemas cotidianos y plantear una visión más amplia del país. Hay que hacer ambas cosas. Hace falta mucha pedagogía política. Hoy competimos contra una enorme maquinaria de entretenimiento y fragmentación. Las redes sociales, los algoritmos y determinados modelos de negocio están diseñados para capturar nuestra atención y mantenernos concentrados en estímulos inmediatos. Pero la realidad material termina imponiéndose. Cuando el salario no alcanza, cuando una empresa cierra, cuando un comercio deja de vender o cuando una familia no puede proyectar su futuro, aparecen preguntas que ninguna estrategia comunicacional puede ocultar indefinidamente.

—¿Quiénes ganan y quiénes pierden con este modelo económico?

—A mi entender, pierde la enorme mayoría de los argentinos. El comercio está estancado, la construcción está paralizada y muchas empresas atraviesan dificultades. Los sectores primarios exportadores pueden mostrar mejores resultados, pero históricamente han sido sectores dinámicos debido a las ventajas comparativas que tiene Argentina. No es una consecuencia exclusiva de las políticas actuales. Lo que observo es que estamos cediendo recursos estratégicos, soberanía y capacidad de decisión sin recibir a cambio inversiones que transformen estructuralmente la economía o generen empleo de calidad.

—¿Qué debería hacer el peronismo frente a este escenario?

—Lo primero es construir una propuesta de futuro. No alcanza con denunciar los problemas del presente. Tampoco alcanza con reivindicar experiencias pasadas. Hay que ser capaces de ofrecer soluciones y, al mismo tiempo, reconocer errores. Si una parte importante de la sociedad tomó distancia del peronismo, es necesario comprender por qué ocurrió eso. También creo que hay que ser muy firmes frente a la corrupción. La asociación entre peronismo, Estado y corrupción se instaló con fuerza en amplios sectores sociales y no alcanza con negarla discursivamente. Hay que demostrar con hechos concretos que determinadas prácticas no tienen lugar.

—¿Quién observa hoy con condiciones para liderar ese proceso?

—Creo que Axel Kicillof es la figura más importante que tiene actualmente el peronismo. Ha logrado sostener una gestión en una provincia extremadamente compleja, en un contexto de fuerte ajuste nacional y con recursos limitados. La provincia de Buenos Aires tiene dimensiones y problemas comparables a los de muchos países. Gobernarla sin que emerjan grandes crisis de gestión es un mérito importante. Además veo en Kicillof una capacidad de diálogo que podría contribuir a ordenar no solamente al peronismo, sino también a sectores más amplios de la oposición.

—Uno de los cuestionamientos recurrentes a la gestión bonaerense es la inseguridad…

—No soy especialista en seguridad, pero me parece equivocado reducir un problema tan complejo a la responsabilidad exclusiva de un gobernador. La inseguridad es un fenómeno estructural vinculado a procesos sociales mucho más amplios. Una sociedad profundamente desigual, fragmentada y excluyente genera condiciones propicias para la violencia. Pretender resolver esas consecuencias sin discutir las causas resulta insuficiente.

—¿Qué rol pueden cumplir las instituciones en un contexto de tanta polarización?

—Un rol central. Pienso en la Iglesia, especialmente a partir de la experiencia de Francisco, pero también en las universidades, los sindicatos y otras organizaciones intermedias. Son espacios que todavía conservan capacidad para tender puentes. Cuando uno dialoga con personas de distintos sectores descubre que existen muchos más puntos en común de los que suele mostrar la discusión pública. La universidad, por ejemplo, no debería limitarse a producir conocimiento especializado. También puede convertirse en un ámbito de articulación social y política, ayudando a reconstruir consensos básicos.

—¿Por dónde empezar a reconstruir esos consensos?

—Por el compromiso. Siempre digo lo mismo cuando me preguntan cuál es el punto de partida: para empezar hay que empezar. Comprometerse con una escuela, con una institución barrial, con un centro cultural, con un sindicato o con cualquier espacio comunitario. Lo que no puede ocurrir es lo que Francisco llamaba la “acedia”, ese desapego de la realidad que lleva a observar todo desde la distancia sin involucrarse en nada. Incluso prefiero a alguien con quien no coincido ideológicamente pero que está comprometido con una causa, antes que a una persona completamente indiferente. Porque al menos existe una voluntad de participar y transformar algo.

—¿Qué significa hoy fortalecer una conciencia nacional?

—Significa comprender que el individuo se realiza en una comunidad que también se realiza. Nadie puede desarrollarse plenamente en una sociedad que se desmorona. Todos tenemos proyectos personales, laborales o familiares, pero esos proyectos dependen de la existencia de una comunidad integrada, con oportunidades y con cierta cohesión social. No alcanza con que a algunos les vaya bien si el conjunto se deteriora. Creo que la Argentina tuvo históricamente una conciencia colectiva más fuerte que la actual. Esa conciencia se fue debilitando por múltiples razones, entre ellas décadas de individualismo y cultura neoliberal. Reconstruirla implica volver a entender que el bienestar propio está ligado al bienestar de los demás, que los problemas colectivos también nos involucran y que una nación es, en definitiva, la forma en que un pueblo decide reconocerse a sí mismo.

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Last modified: 26 de agosto de 2026

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