El artículo analiza la encíclica Magnifica humanitas de León XIV a partir de los desafíos planteados por la revolución digital y la inteligencia artificial. Se sostiene que el documento no constituye una condena de la tecnología, sino una propuesta de discernimiento sobre el proyecto de humanidad en el que esta se inserta. La encíclica identifica tres ámbitos especialmente tensionados por la transformación tecnológica: la verdad, el trabajo y la libertad. A partir de esta perspectiva, el texto propone complementar la noción de desarrollo humano integral con la de “empobrecimiento humano integral”, entendido como un proceso que puede afectar las dimensiones vinculares, culturales, educativas, cognitivas, comunitarias y espirituales, incluso en contextos de bienestar material. Finalmente, se destaca la necesidad de discutir no solo la regulación, sino también el diseño y la infraestructura tecnológica, recuperando una pregunta antropológica y política fundamental: qué sociedad, qué comunidad y qué concepción de lo humano queremos construir.
Resumen de la conferencia dictada por Santiago Liaudat en la Universidad CLAEH, Montevideo, Uruguay, el 28 de julio de 2026. Disponible en video.
Cita recomendada: Liaudat, S. (2026). Desarrollo Humano Integral o Empobrecimiento Humano Integral: una lectura de la encíclica Magnifica Humanitas. Ubuntu. 2 de septiembre de 2026. https://ubuntualdeaeducativa.blogspot.com/2026/09/desarrollo-humano-integral-o.html

Introducción
La encíclica Magnífica Humanitas no trata sobre la inteligencia artificial, aunque los medios la instalaron como “la encíclica de la IA”. Su objeto es más amplio: la custodia de la persona humana en tiempos de inteligencia artificial. La IA es el fenómeno que hoy más nos conmueve, pero el texto de León XIV abarca un período mucho más extenso de transformaciones tecnológicas (informática, biotecnología, computación avanzada, robótica) que convocan a un mismo interrogante: el del nacimiento y el destino de lo humano. En rigor, la encíclica engloba lo que puede llamarse la revolución digital, que arranca en los años setenta y de la que la inteligencia artificial es apenas su fase más reciente.
Este texto retoma las ideas centrales de esa lectura, organizadas en torno a tres preguntas: por qué habla la Iglesia de tecnología cuando casi ninguna otra institución lo hace con esta profundidad; qué aporta específicamente León XIV al legado de Francisco; y, sobre todo, qué está en juego cuando oponemos el desarrollo humano integral a lo que aquí se propone llamar su contracara: el empobrecimiento humano integral.
Una revolución sin ruptura
Conviene decirlo con claridad: la inteligencia artificial no es una ruptura dentro de la revolución digital, sino una evolución bastante predecible de su desarrollo. Ya en los años cincuenta, sesenta y setenta había teóricos que hablaban de inteligencia artificial en términos similares a los actuales, y el propio test de Turing, pensado para determinar si una máquina piensa, es de 1950. Conociendo cómo evolucionaban la electrónica y la informática, se sabía que se iba a llegar a este punto. Lo que tenemos es, en el fondo, una continuidad: un proceso de aceleración tecnológica desenfrenada, en el sentido literal de que no tiene freno. No hace tanto hablábamos del capitalismo de plataformas como última novedad; antes, del capitalismo de vigilancia; más atrás aún, de la sociedad digital, la era de la información o las TICs. Vamos cambiando los títulos de este capitalismo mientras corremos detrás de los acontecimientos.
Francisco, en sus textos, no habla de aceleración sino de rapidación: un fenómeno donde se comprimen los tiempos y los espacios, y que afecta también la interioridad del ser humano. León advierte sobre esto en varias partes de la encíclica, insistiendo en la necesidad de recuperar el tiempo de silencio y de vida interior, porque la aceleración erosiona la capacidad de sostener vínculos: no se sostienen los vínculos amorosos, ni las relaciones familiares, ni las laborales. Todo se vuelve efímero.
Lo que provocó la conmoción social que asociamos con “la IA” fue, en rigor, la aparición de ChatGPT, cuando una tecnología accesible a la ciudadanía empezó a responder igual o mejor que un ser humano. Esa conmoción es una herida narcisista más, en la línea de las grandes heridas de la modernidad (la copernicana, la darwiniana, la freudiana), y afecta especialmente a quienes somos trabajadores intelectuales. Durante años supusimos que la tecnología solo amenazaba el trabajo manual: nos preocupaba que las fábricas emplearan doscientos obreros en lugar de cinco mil, pero no imaginábamos que la automatización pudiera alcanzar el trabajo creativo. Hoy resulta más difícil reemplazar con una máquina a una empleada de limpieza que a cualquiera de nosotros: un modelo de lenguaje produce artículos, traducciones, diseños o resoluciones administrativas completas que no se distinguen de las escritas por un humano. La élite intelectual, que creía su lugar garantizado, descubre que no lo está.
Por qué habla la Iglesia
Con buen tino, la Iglesia se pronuncia sobre un tema crucial en el que casi ninguna institución del mundo lo hace con esta profundidad. Las universidades, que deberían participar de este debate de cara a la sociedad, apenas lo hacen hacia adentro, en seminarios, sin un posicionamiento público claro. Entre los Estados, algunos avanzan con medidas concretas. Sobre todo China, que llegó a cerrar cientos de miles de cuentas de influencers que promovían la riqueza como sinónimo de felicidad.
Pensadores sin ninguna afinidad con la Iglesia, incluso de izquierda, han reconocido que el documento está muy bien elaborado, producto de una acumulación de debate eclesial y no de una ocurrencia personal de León. Ya durante el magisterio de Francisco hubo reuniones sobre inteligencia artificial, y este mismo año la Comisión Teológica Internacional publicó Quo vadis humanitas, un documento que recupera la discusión sobre la crisis del humanismo frente al poshumanismo y el transhumanismo. Esta última corriente con epicentro en Silicon Valley (que incluso sostiene una universidad dedicada a la “singularidad tecnológica”) sueña con abandonar una vida basada en el carbono para pasar a una basada en el silicio, y convive con posturas como el altruismo eficaz, que llega a sostener que no vale la pena invertir en los pobres de hoy porque serán superados evolutivamente, y que conviene priorizar la supervivencia futura de la especie. Esa es, hoy, la discusión de la élite corporativa y tecnocrática global, y casi no hay oposición visible a ella. Por eso la posición de la Iglesia en este debate la coloca en un lugar de vanguardia que quizás ya no esperábamos verla ocupar: son las paradojas de la historia que hacen que, hoy, pensadores de izquierda reconozcan en ella a un aliado inesperado.
León XIV: continuidad y voz propia
Francisco dejó la vara muy alta, y era difícil sucederlo. León mostró estar a la altura del desafío, con una voz propia que se nota sobre todo en la reflexión sobre el poder tecnológico. Buena parte de las ideas de Francisco sobre la técnica, contenidas en el capítulo II de Laudato si, provienen de Romano Guardini. León recupera y profundiza esa reflexión, que en Francisco había quedado más esbozada. No es casual que sea matemático, lo que le permite comprender la complejidad intrínseca de tecnologías que son, en su base, lógicas y matemáticas; y es, además, el papa estadounidense más latinoamericano posible, por sus veinte años de trabajo en una región periférica del Perú, capaz de contener a la compleja Iglesia de Estados Unidos sin renunciar a esa mirada.
Un dato llamativo, poco señalado: la mitad de la encíclica no habla de tecnología, sino que reconstruye la doctrina social de la Iglesia. La hipótesis más plausible es que, al recordar que ya León XIII debió responder a las críticas por “meterse” en temas históricos al publicar la Rerum Novarum, León XIV responde también sobre su propio contexto, legitimando por qué la Iglesia debe hablar de estos temas. Esa reconstrucción (que recorre tres grandes oleadas de doctrina social: la de 1891, la de los años sesenta y la de Francisco) legitima además a Francisco mismo frente a sectores eclesiales que llegaron a festejar su muerte por posiciones consideradas demasiado abiertas o innovadoras. Al mismo tiempo, muestra que la doctrina social debe madurar con los tiempos históricos sin perder un núcleo imperecedero: el destino universal de los bienes, el bien común, la subsidiariedad, la solidaridad. A esos principios, León agrega la justicia social como uno de los ejes centrales de la doctrina social, algo notable (sobre todo para los argentinos, después de que un presidente afirmara que la justicia social es una aberración) porque, aunque el concepto nace en el siglo diecinueve dentro de la propia Iglesia, nunca había sido elevado a ese rango. La doctrina social, cierra León, no contiene todas las respuestas: es un instrumento para el discernimiento comunitario, en cualquier comunidad —el barrio, el sindicato, la propia Iglesia— capaz de orientar un camino en tiempos de incertidumbre.
Babel y Jerusalén, técnica y dominio
El texto se abre con una oposición bíblica potente: la torre de Babel, que representa el desenfreno tecnológico y su hybris, la soberbia que termina en autodestrucción; y la reconstrucción de Jerusalén por el profeta Jeremías, que empieza por reconstruir los vínculos humanos antes que los muros. Esa dicotomía remite a una lucha histórica y eterna entre humanización y deshumanización, un drama —distinto de la tragedia griega, porque el cristianismo introduce la libertad— que la Iglesia lee de modo histórico y que hoy simplemente asume una nueva cara.
El corazón tecnológico de la encíclica es el capítulo tercero, “Técnica y dominio”, apoyado en la tradición filosófica de Heidegger y la Escuela de Frankfurt: la idea de que el progreso técnico se aceleró y dejó atrás al progreso moral, emancipándose de las condiciones que harían de él algo deseable. Esa crítica tiene ya setenta u ochenta años, y hay que reconocer que, más allá de construir una mirada lúcida, no hemos logrado encauzar el proceso técnico para que sintonice con el progreso moral de la humanidad. Quienes trabajamos en la tradición de economía y humanismo debemos dar esa discusión a fondo, porque no hay desarrollo humano integral sin acuerdo sobre el valor de lo humano.
Verdad, trabajo y libertad
León identifica tres frentes sometidos a presión por la revolución tecnológica: la verdad, el trabajo y la libertad. Buena parte de la crítica a la tecnología suele quedarse en un solo enfoque (noticias falsas, vigilancia, economía de la atención); pocas veces se logra un mapa completo. En ese sentido, estos textos vaticanos son buenas puertas de entrada porque atraviesan todos los frentes a la vez.
En el plano de la verdad, el problema central es la mediación algorítmica de la realidad: el algoritmo talla una realidad a medida de cada persona, y se sumó la posibilidad de crear contenidos con costo casi nulo, lo que democratizó tanto la creación como la desinformación. Dentro de la economía de la atención esa capacidad siempre buscará lo que escandalice, explotando una tendencia humana, según la biología evolutiva, a jerarquizar cognitivamente las noticias negativas por sobre las positivas.
En el plano del trabajo, conviene desconfiar del argumento según el cual la innovación siempre crea tantos empleos como los que destruye. Es cierto que el capitalismo avanza destruyendo sectores mientras crea otros, pero lo que suele perderse es un empleo de calidad y lo que se crea es un empleo precario, miserable y flexibilizable, exactamente lo que señala León. El superdesarrollo tecnológico de algunas áreas crea, al mismo tiempo, amplias zonas de empleo precario: hipertecnología y marginalidad conviven en los mismos territorios, incluso en los países más ricos, en una complementariedad paradójica muy alejada de aquel viejo sueño de que las máquinas liberarían al ser humano.
En el plano de la libertad, el eje es la vigilancia y la pérdida de control sobre los datos, pero el problema de fondo no es solo de propiedad: con esos datos se moldea la conducta humana. Las plataformas nos conocen mejor de lo que muchas veces nos conoce nuestro entorno, y esa capacidad permite orientar las opciones que se nos presentan. Como decía Oscar Varsavsky, todo es un asunto de visibilidad: si no sé que puedo elegir algo, no lo voy a elegir. Ya lo señalaba Foucault en sus trabajos sobre la gubernamentalidad liberal: la dominación más sutil consiste en manejar el conjunto de opciones visibles. Hoy se estudia como gubernamentalidad algorítmica, y que continúa la lógica con la que el neoliberalismo redujo lo elegible y sometió todo a un criterio único de validez: la eficiencia.
Desarrollo humano integral versus empobrecimiento humano integral
La encíclica pone estos tres frentes en tensión con la noción de desarrollo humano integral. Pero ese concepto solo cobra fuerza si se define su opuesto, que puede llamarse empobrecimiento humano integral. Defendemos el desarrollo humano precisamente porque está ocurriendo un proceso de empobrecimiento que no se reduce a lo material: hay sectores que resolvieron su situación económica y, sin embargo, viven una vida empobrecida en lo vincular, lo cultural, lo educativo, lo espiritual, lo cognitivo y lo comunitario. Se pueden tener las condiciones materiales garantizadas y, aun así, vivir encerrados por miedo, sin relaciones estables, consumiendo contenido basura.
Hay datos que confirman ese empobrecimiento en un plano muy concreto: los niños tardan cada vez más años en alfabetizarse, porque tienen menos interacción comunicativa familiar y más tiempo frente a pantallas. La interacción social produce el lenguaje y de ella depende buena parte de la evolución estructural de la psicología humana, como mostraron Vygotsky y Piaget desde ángulos distintos.
Durante miles de años consideramos que el cultivo de la interioridad y la lectura constituían un enriquecimiento humano integral: ¿dejamos de creerlo, o son las corporaciones las que socavaron ese valor ofreciendo estímulos más inmediatos? El New York Times informó que una corporación vinculada a la inteligencia artificial está comprando y desarmando libros antiguos de universidades europeas para escanearlos y alimentar modelos de lenguaje, perdiendo en el proceso millones de ejemplares. Algunos autores advierten, con razón, sobre el riesgo real de una nueva edad oscura. Y conviene no decir nunca “eso acá sería inadmisible”: los tiempos se aceleraron, los valores de una generación no son los de la siguiente, y ya tenemos una generación entera de nativos digitales que creció con mediación algorítmica constante.
El empobrecimiento humano integral se combate con una mirada de desarrollo humano integral: no alcanza con el crecimiento económico o el progreso material, hace falta el cultivo de la persona, de los vínculos y de la espiritualidad, que hoy corre el riesgo de convertirse ella misma en un bien de consumo más. Como decía Francisco, en esta época el único proscripto parece ser Dios: todo está permitido menos un mensaje de amor y entrega a una causa mayor que uno mismo.
El talón de Aquiles de la tecnología
Ahí está el talón de Aquiles de la inteligencia artificial. Como instrumento es formidable, y así lo reconoce también León: el problema no es la IA, sino el proyecto de vida, sociedad y humanidad en el que se inserta. Si se inserta en proyectos orientados únicamente al éxito individual y a la competencia feroz, empobrece; si apunta a procesos comunitarios y de profundización del pensamiento, puede servir al desarrollo humano integral. Wikipedia es, en ese sentido, un buen ejemplo: trabajo colaborativo y anónimo, sin fines de lucro, corregido colectivamente, accesible en múltiples idiomas y sin caer en la homogeneización. No estamos en contra de estas tecnologías: se trata de disputar en qué proyectos sociales se insertan.
León recorre además todas las capas de la tecnología: los datos, el algoritmo y la infraestructura material que casi nunca entra en la discusión pública. Y señala el riesgo que representa para la justicia global el control de esa infraestructura, porque estas tecnologías no son inmateriales: son bits que viajan por cables de fibra óptica muy concretos, y quien controla esa infraestructura controla, en definitiva, el acceso.
Por eso la encíclica tampoco se detiene en la regulación, que suele ser la respuesta más fácil y necesaria pero insuficiente: hace falta discutir el diseño tecnológico mismo. Un algoritmo diseñado para capturar la atención no sirve para otra cosa que para capturar la atención, del mismo modo en que una bomba atómica solo puede usarse para explotar. Por eso hay que abrir la caja tecnológica, exigir que se audite el algoritmo, algo que las corporaciones toleran menos que cualquier regulación, porque ahí está protegido, como secreto industrial, el corazón mismo de su negocio. De las diez corporaciones más grandes del planeta, con una sola excepción, todas son tecnológicas: el corazón de la reproducción de este capitalismo es, hoy, tecnológico.
Conclusión
Magnifica humanitas no ofrece una condena de la tecnología ni una apología ingenua de sus posibilidades: propone un criterio de discernimiento. Frente a una revolución digital que no es una ruptura sino la continuidad acelerada de un proceso en marcha desde hace décadas, la encíclica recuerda que ninguna tecnología es neutral, que su diseño encierra ya un proyecto de humanidad, y que ese proyecto se juega en tres frentes concretos (la verdad, el trabajo y la libertad) que hoy están bajo una presión inédita.
La pregunta de fondo, sin embargo, no es tecnológica sino antropológica y política: qué entendemos por desarrollo. Si el desarrollo humano integral es el paso de condiciones menos humanas a condiciones más humanas, su opuesto —el empobrecimiento humano integral— describe con precisión lo que experimentan sociedades que resolvieron buena parte de sus indicadores materiales y, sin embargo, viven más aisladas, más vigiladas y más temerosas que antes. Disputar el sentido de la tecnología no es, entonces, una tarea que pueda delegarse en la regulación estatal ni en la buena voluntad corporativa: exige abrir la caja tecnológica, discutir su diseño y su infraestructura material, y sobre todo recuperar la pregunta por el proyecto de vida y de comunidad en el que queremos insertarla. Esa es, en definitiva, la actualización que León XIV propone de una intuición que recorre toda la doctrina social de la Iglesia desde hace más de un siglo: que ninguna transformación material vale la pena si no sirve, en última instancia, al ascenso de cada persona y de toda la humanidad.
Last modified: 3 de septiembre de 2026





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